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Octubre 2009
El rol del Estado entorno a la violencia en el fútbol
Dr. José Garriga Zucal
(CONICET-CIE/UNSAM)
Proponemos tres formas de pensar las relaciones entre el Estado y la
violencia en el fútbol, en la Argentina contemporánea. Estas tres
son sólo algunas de las tantas formas en que se relacionan
conflictiva y dificultosamente la ausencia de políticas publicas y
el papel errático del Estado en la prevención.
Primera relación: la ausencia.
El Estado debería tener un lugar importante en la prevención de la
violencia pero no hace nada. Nada de nada. La prevención no existe
en su vocabulario. Para el actual gobierno la prevención pasa- en el
mejor de los casos- por la creación de una ley que pene la
violencia. Política sumamente ineficaz. He trabajado en distintos
organismos que pensaban políticas públicas contra la violencia y
siempre su esfuerzo más profundo estaba en la creación de una
ley perfecta. La eficacia simbólica de la ley
es mínima, la simple aparición en el boletín oficial no lograría que
la violencia desaparezca. Solo los abogados (y lamentablemente la
mayor parte de los políticos son abogados) pueden creer que con una
ley se solucionan problemas que tienen fundamentos sociales y raíces
culturales, porque son prácticas y conductas. Las leyes persiguen la
violencia en el fútbol -sólo un tipo de violencia en el fútbol- y
logra que muchos de esos violentos sean detenidos pero no puede
cambiar los valores legítimos que tiene la violencia entre sus
actores. Las formas culturales que sustentan la violencia en el
fútbol no pierden su legitimidad por ser ilegales. Para
ejemplificar, no podemos dejar de mencionar que la cúpula de la
“barra brava” de River y de Boca están presos (parece que las leyes
funcionan), pero no puede lograr que otras doscientas personas
quieran ocupar el lugar vacante de esos líderes. El estado tiene un
rol ausente en la desconstrucción de los valores que
legitiman la violencia en el fútbol. Deberíamos pensar si es por
conveniencia o por incapacidad, ya que se aduce que la violencia es
funcional al sistema político. Personalmente creo que esta ausencia
es más por incapacidad que por conveniencia. Y la incapacidad está
en su punto de partida. Se parte de una imposibilidad intelectual,
los encargados de pensar la violencia no la pueden pensar porque
la creen impensable. Piensan que la violencia es la sin razón, lo
ilógico, lo sinsentido y por ende no puede ser más que reprimida y
nunca prevenida. Por el contrario, debemos pensar al fenómeno
violento como una acción social con sentidos culturales – como el
machismo, la intolerancia, etc- y a partir de eso proyectar
políticas públicas eficaces.
Segunda relación:
por exceso de participación. Si la ausencia señalaba la primera
relación la segunda se construye en base a una desmesurada
intervención. El Estado, a través de su función como poder de
policía, es parte de la violencia en el deporte en dos dimensiones.
A) Por ineficacia de los operativos policiales que terminan
muchas veces provocando el enfrentamiento entre parcialidades
rivales que debería prevenir. Son numerosos los casos de que la
escolta policial termina llevando a sus escoltados a situaciones de
enfrentamiento. B) La policía es uno de los actores más
violentos en el ámbito del fútbol. La mayor cantidad de muertos
en el fútbol se deben a los abusos de las fuerzas de seguridad y no
a los enfrentamientos entre “barras bravas” -de lo más de doscientos
muertos que contabiliza el fútbol más del 70% son producto de balas
policiales, represiones desmesuradas, etc. Calculo aquí la puerta
12, hecho complejo y nunca aclarado, pero que las hipótesis más
fuertes dicen que fue la policía la responsable.
La participación de la policía en la
violencia pocas veces es definida como violencia.
La legalidad de la violencia policial impide su definición como
violencia ya que se define como violencia un acto que además de ser
ilegal es ilegítimo. A veces las acciones pueden ser definidas como
violencias cuando queda patente su ilegitimidad. La represión que se
conforma en abuso puede ser definida como violencia.
La participación de la policía en hechos violentos se debe a
diferentes factores: a) ignorancia en el manejo de públicos masivos,
debería estar la policía capacitada en el control de masas. Esta
ignorancia se hace miedo y es por eso que muchas veces
reaccionan violentamente; la sensación de peligro hace actuar
violentamente. Falta capacitación. B) los policías muchas veces
manejan los mismos códigos que los hinchas y ante una incitación a
la violencia no se muestran como el brazo armado del Estado que debe
ser cauto y paciente ante los escupitajos, insultos y otros
maltratos sino que reaccionan como cualquiera de nosotros. Los
policías también, algunos no todos, quieren mostrar que se la
aguantan y se “cagan a piñas”, a palazos con actores a quienes
conciben como rivales en la disputa simbólica de la hombría y el
coraje. Un policía una vez me dijo: “como los corrimos por la
Amancio Alcorta, que cagones que son”. El policía no mostraba su
perfil de servidor público en búsqueda del orden sino que era uno
más en la disputa por ser definido como un verdadero hombre- no ser
un cagón, ni un puto. Aquí el exceso de participación es por una
falta: falta capacitación, entrenamiento y la interiorización de un
rol distinto.
Tercera relación:
partícipe secundario. El estado tiene las herramientas para
construir la ilegitimidad de la violencia. Tiene la capacidad para
decir esto es violencia, esto no. Pero en este caso cumple un rol
complejo y dudoso.
Los actores violentos en el fútbol somos muchos, desde los
espectadores que con nuestros cantos legitimamos la violencia, los
futbolistas que muchas veces son parte de acciones violentas, la
policía como veíamos con anterioridad, los dirigentes, los
periodistas, todos. Pero se da un desplazamiento sumamente
peligroso: se reduce la violencia en el fútbol sólo sobre las
acciones de las denominadas “barras bravas”. Parece que los
únicos que tienen acciones violentas en el fútbol son estos grupos
organizados de hinchas.
Esta reducción del fenómeno tiene muchas implicancias. Por un
lado, deja de lado, adrede, las acciones de otros sujetos
sociales, reduciendo el fenómeno violento y escamoteando su
complejidad. La violencia en el fútbol no es, ante esos ojos, un
enmarañado de actores y prácticas sino la sinrazón de unos pocos
desequilibrados que “quieren arruinar la fiesta de todos”, como
repetidas veces leemos o escuchamos en distintos medios. Por otro
lado, el foco sobre las “barras bravas” construye un “otro”
violento y anómalo, ante una multitud de espectadores correctamente
adaptados. De esta manera, los “barras” son los únicos violentos.
Esta diferencia construye una distinción entre violencias tolerables
e intolerables. La violencia de las “barras” es inaceptable en tanto
es concebida como positiva por sus practicantes. Es así que parece
ser que lo desatinado de su accionar no son sus prácticas,
comparados con otros gestos igualmente violentos, sino el hecho de
darle legitimidad y validez. Y en esto, sí, sin duda, “las barras”
son únicas. Son el único de todos los grupos que tienen acciones
violentas en el fútbol que no sólo le dan valor positivo sino que,
además, buscan muchas veces hacer visibles estas características que
los distinguen.
Esto hace que haya violencias que son más tolerables según los
sujetos sociales. La violencia de un plateista que arroja piedras e
insulta no es equiparable a la de un miembro de la “barra brava” que
insulta y arroja piedras. Esto pudo verse en plenitud en los
incidentes de mayo de 2005 en el estadio de Boca Juniors. Un
espectador situado en las plateas invadió el campo, golpeó a un
jugador mexicano y se refugió nuevamente en su sector, auxiliado por
sus compañeros plateistas. El ministro del Interior de ese entonces,
Aníbal Fernandez, sostuvo que cuando ña policia intentó intervenir
“[fueron] agredidos por una cantidad
importante de gente, que no son barrabravas, son socios.
Tampoco en este caso uno va a hacer una batalla campal” (Olé,
16/5/05). El comentario de la autoridad pública demuestra
que hay jerarquías respecto a lo “intolerable” de la violencia; un
límite que se mueve según las circunstancias y situaciones. Si los
agresores hubieran sido “los barras bravas”, el acto hubiera sido
intolerable, la represión hubiera sido tolerada y la batalla campal,
justificada.
El estado al perseguir algunas formas de violencia y no otras se
conforma como un participe secundario de estas otras. Está
permitiendo (por no perseguir) algunas formas de violencia que
aunque ilegales no son tan ilegitimas. Estas violencias son (semi)
aceptadas o no reprimidas. (Para otra oportunidad dejamos el
análisis de la cuestión de clase en está ambigua relación)
Como reflexión final nos cabe pensar cuál es el rol del Estado y de
las políticas públicas. Entendiendo que el Estado es responsable de
buena parte de la violencia algunos podrían opinar que lo mejor
sería que el estado se olvide completamente del tema, que deje este
problema en manos de la seguridad privada, de la AFA, de alguna
voluntariosa O.N.G.
Creo que la solución recorre otros caminos. Debemos apostar a la
participación del Estado, pero a un Estado distinto. A) Un
estado que no crea que las leyes son las únicas herramientas para
modificar los problemas sociales (pensemos la relación directa entre
este punto y el debate generado en torno a la baja de la edad de
imputabilidad de los menores). B) un Estado que forme fuerzas
policiales aptas para prevenir y que sepan reprimir sin abusarse
(esto suena políticamente incorrecto pero debe pensarse que la
represión es una parte del hacer policial y debería estar trabajado
y pensado, y no librado a la libertad de la falta de control se dan
los abusos que todos conocemos). Y por ultimo, deberíamos
tener un estado que mida con la misma vara todas las acciones
ilegales y no según quien las haga.
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